Mi educación sexual y el pecado de la carne

Por Ana Elena Porras

Publicado en La Estrella de Panamá – Clic aquí para ver artículo original

Mi educación sexual inició formalmente en 1960, a mis siete años, cuando me preparaba para la primera comunión, en el Colegio Internacional de María Inmaculada. Con anterioridad, solo recuerdo vagamente que mi papá nos prohibió a mis hermanos y a mí jugar al doctor, para nuestra gran decepción… porque era súper divertido y por razones que nunca nos explicaron. También en esta fase infantil, mi educación preescolar se nutrió de perturbadores cuentos como la Caperucita Roja , Blanca Nieves y La Bella Durmiente , cuyos mensajes subliminales han sido analizados por expertos y resultan contradictorios para una niña: que los hombres son peligrosos como lobos que se comen a toda mujer que tengan por delante… sea caperucita, sea abuelita… y, por otro lado, enseñan a las niñas que las mujeres buenas deben esperar en una especie de sueño de invierno a que su príncipe azul las despierte con un beso o, bien, a besar sapos porque, con suerte… ¡pueden convertirse en príncipes! En el primer caso, el mensaje subliminal es que la mujer debe mantener su sexualidad congelada hasta que llegue el hombre que le propone matrimonio y, en el segundo ejemplo, que la mujer puede transformar un sapo (metáfora para un hombre feo, mediocre o hasta malo) en príncipe (hombre salvador, buen proveedor, sexy y gentil) a través del autosacrificio o el amor sin reciprocidad.

Ya en el colegio religioso, adonde solo acudíamos niñas, porque nos separaban por grupos de sexo en escuelas distintas, recuerdo a la madre Blandina, en cuyas manos estábamos todas las niñas del primer grado (grado A para las niñas de grandes apellidos y grado B para todas las demás), quienes aspirábamos a recibir este sacramento por voluntad de nuestros padres. Fue casi un año de preparación intensiva, centrada en ‘historias ejemplares ‘ que hablaban de ánimas en pena por haber muerto en pecado, el diablo siempre tentador, los paseos de jóvenes de ambos sexos en domingo (sin ir a misa). Todos los lunes nos preguntaba quiénes habíamos ido a misa y todas orgullosas levantábamos la mano. Pero, un día lunes, nos sorprendió la madre Blandina con una pregunta nueva: ‘¿Quiénes se bañan desnudas? ‘… Y todas levantamos las manos inocentes, felices y seguras de hacer lo correcto y santo. Para nuestra sorpresa, ella nos dijo: ‘Muy mal, niñas. De ahora en adelante deberán bañarse con una túnica ‘, sin explicar nada más. Ninguna de nosotras sabía lo que era una túnica, pero tuvimos miedo de preguntar, así que lo aceptamos como otro misterio sagrado. En casa de mi abuela materna, adonde mis hermanos y yo íbamos todas las tardes después de la escuela, ella siempre nos preguntaba: ‘¿Se bañaron esta mañana? ¿Y se lavaron por toooodas partes? ‘, así que aproveché para decirle lo de la túnica de la madre Blandina, a lo que ella respondió furiosa: ‘¡Qué cochinada! ‘, ‘¡a las monjas les van a salir cucarachas del cuerpo! ‘, ‘Ustedes se bañarán sin túnica y bien enjabonados por tooooodas partes! ‘. Nos explicó también que una túnica era como una bata. Así, poco a poco, se fue poblando mi imaginación infantil de vírgenes y santos, monjas con cucarachas, hombres lobos, ánimas en el infierno por haberse ido a una fiesta en la que morían antes de haber ido a misa y de baños diarios, con energía y mucho jabón, lavando muy bien mis partes privadas. Gracias a mi mamá también poblaron mi virginal mente infantil los ángeles de la guarda a quienes podía acudir cuando tenía pesadillas y miedo por las noches.

La madre Blandina se convirtió para mí en una especie de sabia hechicera llena de castigos y sortilegios mágico-religiosos, mientras que mi abuelita era como la máxima autoridad en materia de disciplina, tareas escolares e higiene. Ambas eran figuras femeninas de gran poder, admirables y temibles al mismo tiempo, porque me protegían y podían castigarme. Mi mamá era la figura del amor incondicional y mi papá era como un presidente de la Corte Suprema de Justicia, última instancia de la justicia y del orden familiar.

Todo iba bien, cerca de diciembre de 1960, cuando sería mi primera comunión, hasta que, de repente, la madre Blandina nos habló por vez primera del ‘pecado de la carne ‘. Sentí que se me caía el cielo, porque había pensado hasta ese preciso momento que ya estaba yo a punto de ser santa, pero ahora… una exigencia más. En esta genuina búsqueda infantil por mi santidad, después de arrepentirme de mis pecados y confesarlos, de ser amable, obediente, hacer todas mis tareas y de no pelear con mis hermanos (cosa dificilísima en una familia de cinco hijos, todos en edades muy próximas y con necesidades competitivas de atraer la atención de nuestros progenitores)… ‘¡Dios mío! ‘ (pensé entonces) ‘tampoco podré comer carne ‘ (imaginaba un delicioso bistec, jugoso y bien caliente) ‘¡ qué difícil es ser buen cristiano! ‘. Decidida a llegar a mi primera comunión en perfecto ‘estado de gracia ‘, me pescó mi abuela rechazando la carne del almuerzo (en esos tiempos la escuela tenía dos jornadas y los niños almorzábamos en nuestras casas o de los abuelos) y, al decirle apesadumbrada que la madre Blandina nos había prohibido el ‘pecado de la carne ‘, mi abuelita rompió a carcajadas y me dijo que comiera mi carne tranquila que la madre Blandina quería decir otra cosa y que ella me lo explicaría más tarde… y yo lo olvidé enseguida, feliz de poder comer carne —pero ella nunca me lo explicó.

En retrospectiva, puedo decir que me encantaron mis clases para la primera comunión y búsqueda de la santidad en este mundo del pecado, las oraciones que tuvimos que aprender (mi papá tuvo que enseñarme sus técnicas memorísticas, porque me costó memorizar el Credo por su lenguaje maduro para una niña de siete años), los rituales para ir a misa (con y sin el Santísimo Expuesto) y, sobre todo, la confesión con sus códigos secretos para comunicar los pecados y sus fórmulas purificadoras.

Durante toda la escuela, las monjas franciscanas nos inculcaron el distanciamiento físico con los varones y a conservar la castidad, con máximas que decían que ‘todos los hombres son malos, quieren aprovecharse de ti y luego te dejan ‘ y, por otro lado, ‘debes casarte con tu príncipe azul, tu salvador ‘. Una educación sexual de grandes tensiones entre lo sagrado (la castidad y la virginidad) y lo profano (la sexualidad y la reproducción) con dilemas insalvables entre que ‘los hombres lobos son como el diablo ‘ y que, también, ‘los hombres pueden ser príncipes, cazadores de lobos y salvadores ‘, educación sexual que nos situaba a las mujeres a merced y dependencia de lobos y príncipes, en una especie de ruleta rusa, porque nunca te dicen cómo identificas a lobos y a príncipes y asumir tu propia vida. La mujer de mi educación sexual-cristiana era un objeto sexual para el hombre lobo o una virgen dormida para el príncipe salvador… ¿adónde quedaba el espacio para las niñas seguras, mujeres novias, compañeras y sujetos de nuestras historias? ¿Por qué transmitir a las niñas que su felicidad y supervivencia depende de un hombre que puede ser su verdugo? Jamás nos advirtieron de esa extraña mentalidad machista con la cual esposos y novios podían convertirnos en su propiedad, por el solo hecho de habernos ‘poseído ‘ sexualmente.

Durante mi adolescencia, leímos pasquines de súper héroes que, felizmente, incluían en su imaginario predominantemente masculino a una mujer: Marvila, la mujer maravilla. Algunas de las jóvenes de mi generación prefirieron quedarse en el modelo femenino del sueño de invierno y esperar a su príncipe, mientras que otras más atrevidas quisimos explorar a ser heroínas como Marvila. Debo compartir con ustedes que esta experiencia ha sido intensa y maravillosa, pero sus costos han sido altos. Porque la mayor parte de los hombres de mi generación se aferraron a sus privilegios de hombres lobos y príncipes, rechazando y castigando hasta hoy a la mujer maravilla, por temor a sus conocimientos, autonomía y fortaleza —que amenazan su mundo patriarcal donde ellos ‘siguen siendo el rey ‘.

Debo admitir que mi esmerada educación sexual tradicional y cristiana no me protegió de que un hombre mayor de mi entorno familiar me tocara inapropiadamente a mis nueve años ni que un amigo de la familia se sobrepasara conmigo a mis 13 ni evitó que me casara demasiado joven y con mi primer novio a los 18 ni de enfrentar el acoso sexual en innumerables ocasiones de profesores en la universidad o de jefes en el trabajo, posteriormente. Como no existía la figura jurídica del acoso sexual durante mi juventud no había otra opción que la de renunciar a los trabajos y poner distancia de los acosadores, manteniendo el silencio para evitar ser estigmatizada.

Hasta que un día, cuando era aún una joven mujer de 26, me enamoré perdidamente de mi acosador, un poderoso lobo vestido de príncipe encantador. Entonces casi me arruinó la vida y estuve medio muerta por algún tiempo, hasta que mi Marvila interior, verdadero instinto de supervivencia, vino al rescate. Aprendí por experiencia que la mujer no debe depender de un hombre, que no somos propiedad de nadie, que tenemos derechos y que debemos cuidar de nuestro sentido de valía personal como de nuestra vida misma. Me habría ahorrado mucho sufrimiento y habría cometido menos errores, si hubiera tenido acceso a una educación sexual integral, con perspectiva de género, científica y humanística, para haber comprendido mejor mis opciones de vida y haber tomado mejores decisiones, libre de tantas presiones, prejuicios e inseguridades.

Llevamos más de 100 años de República con la educación sexual cristiana tradicional con resultados de altos índices de abusos, violaciones, enfermedades de transmisión sexual, pedofilia y embarazos precoces… que nos tienen atrapados en el círculo de la desigualdad y la pobreza. ¿Cuánto más debemos esperar para abandonar el sexismo amparado por la sociedad tradicional patriarcal, su homofobia y su tabú del sexo?

Tal vez no sea perfecto el anteproyecto de ley 61, pero nuestra realidad en salud pública y cultura sexual indica que no debemos postergar, ¡ni un día más!, el educar a nuestra niñez y juventud en materia de la sexualidad humana con información científica y ética de derechos humanos para evitar (dentro y fuera del hogar) los abusos y violaciones, los embarazos prematuros, las enfermedades venéreas, el sexismo que maltrata, viola y mata mujeres y homosexuales.

Eduquemos en el respeto a nuestros cuerpos y sentimientos para el amor, la equidad y la inclusión. Una educación que inicie desde la niñez en las escuelas públicas y que irradie también hacia padres y madres y hacia la sociedad entera. Una educación sexual integral con teoría de género, a la que deben sumarse las iglesias que hoy equivocadamente se oponen, los medios de comunicación (y la empresa privada al pautar publicidad) para proyectar programas y publicidad de alta calidad artística y científica y cuyos valores siembren actitudes y conductas de dignidad humana, combatiendo la actual denigración de la mujer como objeto sexual, la homofobia y la pornografía infantil. Porque todos somos educadores, todos los días de nuestras vidas.

Sin duda perfeccionaremos las guías educativas a través de evaluaciones permanentes. Perfeccionamiento para ser cada vez más transparentes sobre la sexualidad y los problemas que la aquejan —y no para esconderla, demonizarla y luego utilizarla como arma de poder contra niñas, niños y mujeres.

Luchemos contra el tabú sexual y sus mitos, con los abusos que esconde y protege. La sexualidad humana es natural, buena, placentera, divertida, necesaria —y no apenas para la reproducción de la especie, sino también para nuestra autonomía personal, salud física y emocional. ¡Digamos SÍ a la sexualidad informada, saludable y feliz!

Publicado en Publicaciones.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *