“El Carnaval es mucho más que una parranda”

Antes de ser conocida como intelectual, Ana Elena Porras fue “su majestad Ana Elena I, reina del Carnaval del Turismo 1971”

Mónica Guardia
La Estrella de Panamá – Publicado el 7 de febrero de 2016

Empezaba el verano de 1971. Después de una ajetreada semana de viaje con su hija mayor, de 18 años, Maritza Guizado regresaba a Panamá cansada, pensando solo en descansar.

Mientras el automóvil se movía por las tranquilas calles de la ciudad, de regreso a casa, ambas se preguntaban cómo habría sido la experiencia de esa semana para Ana Elena, la segunda hija y hermana, por entonces de diecisiete años, quien había quedado a cargo de sus tres hermanos menores.

‘Todo debe estar bajo control. Ella es muy juiciosita’, habría comentado la señora Guizado.

Ya frente a la casa, en la calle 48 Bella Vista, ella y Alicia se llevarían una sopresa: el patio delantero del chalet de una planta había sido invadido por un grupo de jóvenes que bailaban y cantaban al sonido de una banda de músicos, bajo una enorme asta de la que ondeaba una bandera de colores.

Encontraron a Don Goyo/ muertecito en el arroyo / y por ahí andan preguntando / quién fue el que lo mató’, cantaban todos a grito.

¿Dónde está mi hija?, preguntaba la señora Maritza al bajarse del carro, con tan mala suerte que uno de sus tacones se incrustró en el cemento fresco con que se había asegurado el asta.

‘Ana Elena, explícame qué es esto..’, pidió por fin, cuando la encontró en medio del grupo.

‘Mami, soy la reina del Carnaval’, le respondió ella, feliz.

SU MAJESTAD

‘Mi mamá casi se desmaya’, recordaba Ana Elena esta semana, con unas contagiosas carcajadas, mientras mostraba a La Estrella de Panamá los álbumes de fotografías y recortes de periódico de su reinado, hace 45 años

Tal vez pocos jóvenes de hoy lo saben, pero antes de ser la aplomada intelectual y doctora en antropología, invitada con frecuencia a programas de televisión, Ana Elena Porras fue ‘su majestad Ana Elena I, reina del Carnaval del Turismo’, al empezar la década de 1970.

Su simpatía, sonrisa pícara y una belleza sin nada que envidiar a la de Grace Kelly (aun mejor, porque bailaba perfectamente tamborito y saludaba a cualquiera sin poner distancia), cautivaron a los panameños , que la colocaron en el mismo sitial que ocuparan otras reinas legendarias como Manuelita I, Lole Guizado, Ana María Maruri o Ana Raquel Chanis.

Ana Elena, hija del intelectual y ministro torrijista Hernán Porras (q.e.p.d), y nieta de los presidentes Belisario Porras y José Ramón Guizado y bisnieta del presidente Ramón Maximiliano Valdés, se convirtió en reina por casualidad, cuanto todavía no había terminado la escuela secundaria.

Era una época en que la juventud panameña empezaba a despertar a un mundo diferente, pasadas las tradicionales décadas del 50 y 60.

Estaban de moda los Beattles, se empezaban a imponer las minifaldas. La televisión apenas comenzaba. La infancia transcurría entre deportes al aire libre. Las drogas todavia no habían entrado a la cultura popular. El sexo era tabú.

‘La costumbre imponía que las mujeres nos casáramos vírgenes, por lo que solíamos hacerlo muy jóvenes’, recuerda la exreina.

Aquel febrero de 1971, pocos días antes de la celebración del Carnaval, las primeras planas de La Estrella de Panamá

Cubrían noticias como la crisis petrolera de la OPEP, la quiebra de la Rolls Royce, la entrada de las tropas del Vietnam del Sur en Laos.

El día 13 de febrero, La Estrella de Panamá felicitaba al general Omar Torrijos Herrera, líder máximo de la Revolución panameña, en su 42 aniversario.

UNA REINA PANAMEÑA

En 1971, el gobierno intentaba revivir las fiestas de Carnaval, caídas en un letargo tras su apogeo a finales de los 50 y principios de los 60.

Con el apoyo del Club 20-30, el Instituto Panameño de Turismo (IPAT) organizó un concurso para elegir a la reina del Carnaval, en el que Ana Elena salió airosa.

Su mamá (quien ‘después de la sorpresa inicial fue la que más disfrutó’, dice Ana Elena), le había aconsejado no seguir la costumbre de las reinas capitalinas que hasta ese momento se adornaban con capas de armiño, coronas de piedras preciosas y motivos alusivos a ‘las reinas de Inglaterra o de Francia’.

‘Vamos a inventarnos una reina panameña, que use ropas y motivos panameños’, le había sugerido.

Así, en una onda muy nacionalista, ella había ido acumulando un vestuario original.

El lunes reviviría el mito de Anayansi y Balboa, vestida de princesa india, con un traje diseñado por Maché Ciervide y una corona que imitaba las joyas precolombinas.

El martes, el día de mayor gala, con el tema ‘las joyas de la pollera’, ella luciría una pollera de punto morado, obsequio del IPAT, adornada con joyas de su familia.

EL CARNAVAL

‘Yo no sabía en lo que me estaba metiendo’, dice la exreina, quien nunca antes h abía carnavaleado.

‘Durante cuatro días no paré de bailar. Me levantaba temprano para recorrer a pie barrios como Santa Ana y El Chorrillo o visitar comunidades indígenas; en las tardes, eran los desfiles en carros alegóricos; en las noches, había que ir a los toldos, donde me debía quedar festejando como hasta las 2 de la manaña’.

‘Al final quedé extenuada y con la adrenalina prendida. Durante los días siguientes, me levantaba a media noche y me daba cuenta de que estaba sentada en la cama, tirando besitos y saludando’, recuerda.

A pesar del cansancio, asegura que la experiencia le permitió sentirse ‘muy cerca del pueblo panameño, de una forma especial’.

‘Yo desde entonces tenía una fijación por la antropología y pude captar lo que era la cultura de fiesta propia de nuestro país. Llegué a la conclusión de que el Carnaval no era una simple parranda’, dice.

‘Fue el día que izamos la bandera, en Santa Ana, cuando un grupo de campesinos me cantaron unas décimas improvisadas. En ese momento empecé a darme cuenta de se trataba de algo profundo e importante, algo que había que tomar en serio’, señala.

INVERSIÓN SOCIAL

Desde el balcón de su apartamento en Bella Vista, a una calle de distancia de donde estuviera el hogar donde vivivió su adolescencia, acariciados, una vez más, por la deliciosa brisa del verano panameño, Ana Elena, nos cuenta que las fiestas del carnaval se iniciaron en la Edad Media, organizadas por la Iglesia católica, con la idea de reglamentar las celebraciones no cristianas.

‘Querían restringir las fiestas paganas a tres días de baile, comida y bebida en exceso’, explica.

‘Lo que caracteriza el carnaval es que es una fiesta de inversión social, en la que se juega, a través de los disfraces y los roles , con los conflictos sociales, pero a nivel simbólico’.

‘La idea de las fiestas de inversión es que permiten emitir críticas y ayudar a sanar heridas relacionadas con las injusticias y los desequilibrios de las realidades y estructuras sociales’.

‘Te voy a dar unos ejemplos’, dice en referencia al significado de ‘la inversión’.

‘En la vida cotidiana normalmente son los hombres los que ostentan el poder, pero en Carnaval somos las mujeres las reinas. Las fiestas se trasladan a Penonomé o a Las Tablas, que se convierten prácticamente en la capital. El país se hace una monarquía. Los pobres se sienten ricos. Los ricos echan agua a las multitudes desde los carros cisterna. Después vuelve todo a la normalidad’.

‘Lamentabemente’, continúa, ‘nuestros gobiernos son presididos por empresarios que han hecho del Carnaval un negocio más, que ha terminado falseando las tradiciones, empaquetándolas para el turista. El Carnaval tendría que ser administrado por un ministerio de cultura, como una manifestación de la identidad de nuestra sociedad’.

‘Pero lo que está pasando es que cada vez más nos copiamos más de los cariocas. Se prohibe los resbalosos (‘un real y bailo’), una figura importante que permitía a los niños confrontar el miedo de lo feo y lo desconocido. La gente ya no participa, la fiesta se centra en un espectáculo para la televisión desde unas tarimas cada vez más altas, alejadas del pueblo. Antes los músicos eran locales. Había premios a la creatividad’.

‘El Carnaval es una fiesta del pueblo, para que se mezcle todo el mundo, para que todo el mundo baile con todo el mundo… no es una fiesta para los turistas o extranjeros… es para nosotros. Una vez al año. Yo, decididamente, soy defensora del Carnaval’, asegura, con la convicción y firmeza de quien es antropóloga, pero también ha sido reina.

Publicado en Medios.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *